
La jornada laboral de hoy prometía ser un auténtico desastre. 75 chavales de 2º de la ESO del colegio Fuentelarreina, con la fama en nuestra contra, a repartir entre 4 monitores, campeando por el Monte del Pardo con la mísera ayuda de dos profesores. Realmente, eso fue para mis campañeros de trabajo, pero no para mí.
Al desembarcar del autobús la marea de preadolescentes hormonosos, lo primero que advertí fue un grupo de chicos que fijaban su atención en Bea, una logopeda que traducía el discurso de bienvenida a lenguaje de signos. El día cambió de repente para mí: lo que había empezado siendo un día de trabajo a desgana, adquiría ahora un punto interesante. ¿Lo siguiente? Pedir amablemente a mis compañeros que me dejaran el grupo de niños sordos. Ningún problema. Así que yo, más feliz que una Brava Patirroja, tiré pal monte dispuesta a esforzarme para que los cinco chicos sordos prescindieran, en la medida de lo posible, de Bea. Después de terminar la ruta del encinar, con los chicos aún interesados por hongos, Torvisco, Buitres y mortalidad de las aves, la logopeda me daba las gracias por lo interesante y ameno que había sido y lo bien que me hacía entender con los chicos sordos, que se habían dado cuenta de que era realmente fácil leer mis labios y que me ayudaba de un modo muy útil con los gestos, sin bajar el ritmo, para que el resto de la clase no percibiera ni rastro de discriminación positiva.... ¿y yo? ¡Hinchada como un pavo! Ojalá todos los días fuesen así.