El miércoles me decidí en cosa de dos horas y me compré un billete de tren para Alicante, para pasar allí el fin de semana en casa de Salima, una de
aquellos voluntariosos daimielenses. Tal vez un poco precipitada la decisión, tanto que al final fastidié algunos planes de mi discreta anfitriona, pero creo que al final, con buen resultado. Llegué allí el viernes por la tarde, después de más de tres horas de deteriorado y aburrido paisaje manchego y menos de una de apasionantes montañas con vegetación rasa, que parecían salir de la nada, sin estribaciones que las anunciaran.
Alicante es, es.... ¿como es Alicante, Salima? Pues bueno, una ciudad típica de levante, con hoteles y hoteloides (que son apartamentos en realidad). Pero mi amiga supo enseñarme lo que hay al otro lado de una de las playas de Madrid. Visitamos (y nos colamos en) las Salinas de Santa Pola, con preciosas y variadas aves marinas con un bimbo entre ellas para mí: la gaviota picofina
Larus genei. Comimos paella, muuuucha paella, que no sé si sería por sugestión, pero me pareció bastante más rica que la del interior, sin desmerecer a mi tía, ni a mi madre, ni a mi abuela, pero es lo que hay. Jugamos con los perros de Salima, enseñándoles alguna cosilla más, para el disfrute de toda la familia de la chica, y el mío propio, al ver cuan buena era mi alumna. Festeamos, pero a nuestro estilo, que ambas somos diurnas, disfrutamos de la desinhibición de la gente en carnavales y arreglamos su mundo y el mío entre mojitos y cañas con limón. También me llevó al castillo más raro que he visitado en mi vida y a uno de sus escondites particulares, su pequeño cañón del colorado, realmente impresionante por lo abrupto del terreno y el contraste de colores en los barrancos.
En fin, un finde para hablar, recordar, malmeter, pensar y disfrutar.
¡Gracias Sali!